En esta historia, los nombres no serán cambiados, porque ellos saben quiénes son y tendrán en humor suficiente para reír y no enojarse.
Eduardo le había dicho a su hija que la vida pasa tan rápido que por cada pestañeo, se suman diez años. Anto, que siempre creyó fielmente en la sabiduría de su padre, decidió cerrar los ojos sólo al cambiar de década. Al principio le resultaba difícil y para controlarse mejor permanecía inmóvil. Luego, sus párpados se endurecieron tanto que cerrarlos se convirtió en la complicación. Para sentir el paso del tiempo, cada diez cumpleaños, pestañeaba. Y cuando se aburría de vivir una determinada edad, cerraba un poquito un ojo y el almanaque iba perdiendo hojas. Así lo miraba ella dentro de su mente. Al bajar los párpados un calendario de fondo azul que tenía en letras doradas el nombre de su padre con la palabra “¡Cuidado!”, le mostraba el término de cada mes hasta que Anto abría los ojos y su reloj era igual al del resto de la humanidad.
Para conocidos y desconocidos, Anto era una chica extraña. En la calle se la veía caminar con los ojos bien abiertos; en la escuela parecía prestar mucha atención en todas las horas. Sus amigos habían notado que cuando ella se aburría, desaparecía. Tiempo después, de sorpresa, la encontraban en una fiesta o en una reunión divertida riendo o haciendo alguna payasada.
Nadie conocía el secreto. Anto una vez preguntó si otra gente también veía el almanaque deshojándose al pestañear, pero no encontró una sola persona como ella.
Un día que estaba muy desesperada porque no poder cerrar los ojos ni para dormir le demandaba mucha energía, fue a visitar a una bruja. Brujas hay muchas: buenas, malas, de magia blanca, negra, violeta o verde, con granos y verrugas o con cirugías; pero la que Anto eligió era buena y había asistido a la Academia Nacional de Magia Blanca y Celeste. Antes de confiarle su situación, Anto le pidió leer el certificado de estudios. Tranquila y contenta, Anto le dijo a la bruja:
-¡Yo también soy de Racing!
Anto le contó de su padre y de los problemas que le ocasionaba pestañear. La bruja hizo un hechizo y… “listo el pollo”. Esa noche cenaron juntas.
Anto salió de la casa de la bruja tan feliz que empezó a abrir cerrar los ojos con una velocidad admirable. Eso también sorprendió a todo el que la cruzaba. Su mamá, preocupada, le dijo:
-Anto, me parece que tenés un tic. ¿No será mejor que vayas al psicólogo para solucionarlo?
6 de septiembre de 2006
viernes, 5 de diciembre de 2008
lunes, 24 de noviembre de 2008
Dos frases sobresalieron entre el sábado a la noche y el domingo a la mañana. La segunda:
-¡Gracias a Dios no hay monopolio de remises!
Dicho esto, me baje del auto, empujé la puerta y la dejé mal cerrada. El remisero bajó el vidrio y siguió hablándome.
Ardua discusión, la segunda del fin de semana. Estoy indignada.
-¡Gracias a Dios no hay monopolio de remises!
Dicho esto, me baje del auto, empujé la puerta y la dejé mal cerrada. El remisero bajó el vidrio y siguió hablándome.
Ardua discusión, la segunda del fin de semana. Estoy indignada.
martes, 18 de noviembre de 2008
Conversación
Algunas ideas filosóficas del año pasado...
Belén y María estaban sentadas en la vereda. Belén dijo:
-Acaba de pasar un twingo. El hombre que lo maneja es igual a Drácula.
-¿Amm?- se sorprendió María- Pero, ¿quién dijo que Drácula no tuviera un twingo?
Ambas rieron.
Luego rumbo de la conversación se desvió a “la vida” y algunos asuntos existenciales. Belén le preguntó a María:
-¿Creés en la casualidad?
-No sé. –le respondió su amiga.
Y Belén especificó:
-Si yo un sábado pasara diez veces por la casa de un chico que me gusta, ¿ese chico seguiría creyendo en la casualidad?
-Habría que ver. –sonrió María.
Belén y María estaban sentadas en la vereda. Belén dijo:
-Acaba de pasar un twingo. El hombre que lo maneja es igual a Drácula.
-¿Amm?- se sorprendió María- Pero, ¿quién dijo que Drácula no tuviera un twingo?
Ambas rieron.
Luego rumbo de la conversación se desvió a “la vida” y algunos asuntos existenciales. Belén le preguntó a María:
-¿Creés en la casualidad?
-No sé. –le respondió su amiga.
Y Belén especificó:
-Si yo un sábado pasara diez veces por la casa de un chico que me gusta, ¿ese chico seguiría creyendo en la casualidad?
-Habría que ver. –sonrió María.
martes, 11 de noviembre de 2008
Macanudos, Liniers.
lunes, 6 de octubre de 2008
Juego
Soñé con parte de este cuento en enero de 2007. Supongo que después de mudarme dos veces, el sueño no se hará realidad y el ladrón no me seguirá. A veces la inspiración llega al incosciente -y no digo que de madrugada porque en verano hay sol a mi madrugada.
Papeles en blanco sobre la mesa, una lapicera expectante y un vaso con agua. Todos esperaban a quien, en otra punta de la habitación, revolvía un café con mucha azúcar. Para no dormirse, cuando levantó la taza y comenzó a beberlo, rompió el silencio con golpes rítmicos sobre el pequeño plato. Oyó un ruido afuera, y dejó su pasatiempo para escuchar atentamente. Sin embargo, el sueño fue más fuerte y decidió cerrar bien las aberturas por si hubiera alguien en el patio que provocara el ruido. Aunque, pensándolo bien –se dijo-, era más probable que fuera alguno de los gatos que solían visitarlo. Decidió no provocarse miedos, sabía que la imaginación no era amiga en momentos así. Entonces no pensó más.
La sirena de los bomberos lo despertó cerca del amanecer. Se levantó a tomar agua y a escribir las salutaciones de fin de año en los papeles que lo esperaban en la cocina.
Con la normal tontera que caracteriza a los que madrugan habiéndose ido a dormir de madrugada, caminó por el pasillo.
Del otro lado de la mesa, un hombre de algo pelado lo esperaba mostrando su arma.
-¿Dormiste bien?-le preguntó-. Espero que estés lúcido porque vengo a proponerte un juego.
Emilio no pudo hablar.
-La primera regla-comenzó el intruso- es no cometer movimientos en falso. No creo necesario explicarte el riesgo que conllevan. Van a ser tres partes: en la primera me contás de tu vida y yo te cuento de la mía; en la segunda hacemos una lista de los miedos que tenemos; y en la tercera –e hizo una muy breve pausa- vos podés hacerme todas las preguntas que quieras sin restricciones en el tema y yo me llevo tu dinero. ¿Supongo que entendiste?
El ladrón tomó nota de las palabras de Emilio. Al llegar a la tercera parte, Emilio empezó el interrogatorio.
-¿Por qué robas?
-Porque necesito la plata para algunas cosas que no puedo comprar sino es con la ayuda de gente como vos.
-¿Y no te sentís mal de despojar a las personas de lo que les pertenece solo para satisfacer tus deseos?
-No, yo tomo este juego como un trabajo que me permite solventar mis gustos.
Emilio intentaba despertar en el hombre a la preciada joya de la conciencia. Después de varias preguntas, el asaltante y su método despertaron la curiosidad de Emilio.
-¿Por qué tenemos que hacer este juego antes de que me robes si podría ser un trámite mucho más corto para los dos?
-Para que tengamos más confianza. Así nos podemos conocer mutuamente.
-Siempre supe que no eras una persona deseable, desde mucho antes de que entraras a mi casa- respondió Emilio que ya sentía la pérdida.
-No voy a contradecirte. Es tu opinión. ¿Terminaste? Ahora es mi turno. Dame la plata.
Emilio cumplió.
-¡Me olvidé de decirte! Me llamo Gastón. Que seas feliz. Supongo que tenés presente que el dinero no hace a la felicidad. Y hoy vine a liberarte de la dependencia que genera. Adiós.
Papeles en blanco sobre la mesa, una lapicera expectante y un vaso con agua. Todos esperaban a quien, en otra punta de la habitación, revolvía un café con mucha azúcar. Para no dormirse, cuando levantó la taza y comenzó a beberlo, rompió el silencio con golpes rítmicos sobre el pequeño plato. Oyó un ruido afuera, y dejó su pasatiempo para escuchar atentamente. Sin embargo, el sueño fue más fuerte y decidió cerrar bien las aberturas por si hubiera alguien en el patio que provocara el ruido. Aunque, pensándolo bien –se dijo-, era más probable que fuera alguno de los gatos que solían visitarlo. Decidió no provocarse miedos, sabía que la imaginación no era amiga en momentos así. Entonces no pensó más.
La sirena de los bomberos lo despertó cerca del amanecer. Se levantó a tomar agua y a escribir las salutaciones de fin de año en los papeles que lo esperaban en la cocina.
Con la normal tontera que caracteriza a los que madrugan habiéndose ido a dormir de madrugada, caminó por el pasillo.
Del otro lado de la mesa, un hombre de algo pelado lo esperaba mostrando su arma.
-¿Dormiste bien?-le preguntó-. Espero que estés lúcido porque vengo a proponerte un juego.
Emilio no pudo hablar.
-La primera regla-comenzó el intruso- es no cometer movimientos en falso. No creo necesario explicarte el riesgo que conllevan. Van a ser tres partes: en la primera me contás de tu vida y yo te cuento de la mía; en la segunda hacemos una lista de los miedos que tenemos; y en la tercera –e hizo una muy breve pausa- vos podés hacerme todas las preguntas que quieras sin restricciones en el tema y yo me llevo tu dinero. ¿Supongo que entendiste?
El ladrón tomó nota de las palabras de Emilio. Al llegar a la tercera parte, Emilio empezó el interrogatorio.
-¿Por qué robas?
-Porque necesito la plata para algunas cosas que no puedo comprar sino es con la ayuda de gente como vos.
-¿Y no te sentís mal de despojar a las personas de lo que les pertenece solo para satisfacer tus deseos?
-No, yo tomo este juego como un trabajo que me permite solventar mis gustos.
Emilio intentaba despertar en el hombre a la preciada joya de la conciencia. Después de varias preguntas, el asaltante y su método despertaron la curiosidad de Emilio.
-¿Por qué tenemos que hacer este juego antes de que me robes si podría ser un trámite mucho más corto para los dos?
-Para que tengamos más confianza. Así nos podemos conocer mutuamente.
-Siempre supe que no eras una persona deseable, desde mucho antes de que entraras a mi casa- respondió Emilio que ya sentía la pérdida.
-No voy a contradecirte. Es tu opinión. ¿Terminaste? Ahora es mi turno. Dame la plata.
Emilio cumplió.
-¡Me olvidé de decirte! Me llamo Gastón. Que seas feliz. Supongo que tenés presente que el dinero no hace a la felicidad. Y hoy vine a liberarte de la dependencia que genera. Adiós.
viernes, 26 de septiembre de 2008
El libre juego de la oferta y la demanda
"El viejo oficio de contar historias" es un libro publicado por la editorial Santillana (sino recuerdo mal en el año 1999) sobre narrativa. Creo que este título es una buena definición de escribir -siempre pensando en historias como la narración y exposición de acontesimientos del pasado y como narraciones inventadas. Al usar esta frase para definir este hueco dentro del gran espacio virtual lo restringí solo a cuentos. Esa era la intensión en el momento en que lo cree. Después pensé que sería interesante tener un pequeño mural donde contarle al mundo que me gusta una frase, que vi una película, que creo algo de alguna cosa. ¿Otra página? ¿O desvirtúo la idea original y la presentación del blog? Pensando en hacer lo que se quiere con los recursos que se tienen, me di permiso de publicar un cuento que no es mío, una foto sin ninguna historia y, hoy, un pequeño ensayo.
Tengo Facebook. Desde hace un tiempo recibía en el correo invitaciones para unirme a esta página, esta forma de conocer gente, de compartir (en el mundo capitalista). Hablando con amigas, se me presentó el deseo ya que para acceder hay que ser parte ("Pertenecer tiene sus beneficios" slogan de Visa y lema de muchos). Ayer ingresé y armé uno. Ya tengo 19 amigos, dos álbumes de fotos y un perfil donde confienso que mi ideología política es "Zurdita" y que mi religión es "Beatle".
Lo que me motivó a escribir este texto, es que hace instantes, noté que tuve una página en tripod hace más de cuatro años que luego cayó de su propio peso, tengo space, tengo fotolog ( la última foto publicada data de marzo), tengo blog y ahora tengo facebook. (Creo que no me olvidé de nada). Y me pregunto para qué.
Porque se pone de moda, porque todos tienen y entonces yo también quiero, porque es gratis, no cuesta nada. Porque el mercado me va llevando, me va creando nuevas necesidades de las que ni siquiera soy consciente. Después viene el aburrimiento, el formato de página que pasó de moda y la aparición de un nuevo formato mucho mejor. Mucho mejor. ¿Por cuántos días?
Aún declarada zurdita, formo parte del mundo y voy limitando mis libertades, mis elecciones. La mayoría de las veces no lo noto, y menos le hago frente. Hoy me di cuenta. Pero no eliminé el facebook ni prometí no crearme otra página. Porque, al fin y al cabo, no tiene nada de malo. Es cierto, las páginas de internet no tienen nada de malo. Si cada uno controla el tiempo que "vive" frente al monitor y no olvida otras cosas, no tienen nada de malo. Sólo que hoy descubrí "el libre juego de la oferta y la demanda".
Con la ideología capitalista, que queramos o no nos rige, todo se mide en función de lo que cuesta, no de lo que vale. Quizá estas páginas no valgan nada, pero tampoco cuestan nada. ¿Cuál hay? Recuerdo que este domingo 21, en el picnic de la primavera, acepté todo lo que regalaban (chicles y turrones que no me gustan) sólo porque eran gratis y a alguien le iban a servir. Porque cuando tenemos que pagar todo, corremos hacia los regalos. A veces los tiramos, pero los tiramos nosotros (y no otro) sabiendo que no le encontramos utilidad.
Y parece que siempre se puede volver atrás, que podemos tirar lo que nos regalan, cerrar la página que creamos. Pero el circuito de deseos y necesidades sigue funcionando.
MB
Tengo Facebook. Desde hace un tiempo recibía en el correo invitaciones para unirme a esta página, esta forma de conocer gente, de compartir (en el mundo capitalista). Hablando con amigas, se me presentó el deseo ya que para acceder hay que ser parte ("Pertenecer tiene sus beneficios" slogan de Visa y lema de muchos). Ayer ingresé y armé uno. Ya tengo 19 amigos, dos álbumes de fotos y un perfil donde confienso que mi ideología política es "Zurdita" y que mi religión es "Beatle".
Lo que me motivó a escribir este texto, es que hace instantes, noté que tuve una página en tripod hace más de cuatro años que luego cayó de su propio peso, tengo space, tengo fotolog ( la última foto publicada data de marzo), tengo blog y ahora tengo facebook. (Creo que no me olvidé de nada). Y me pregunto para qué.
Porque se pone de moda, porque todos tienen y entonces yo también quiero, porque es gratis, no cuesta nada. Porque el mercado me va llevando, me va creando nuevas necesidades de las que ni siquiera soy consciente. Después viene el aburrimiento, el formato de página que pasó de moda y la aparición de un nuevo formato mucho mejor. Mucho mejor. ¿Por cuántos días?
Aún declarada zurdita, formo parte del mundo y voy limitando mis libertades, mis elecciones. La mayoría de las veces no lo noto, y menos le hago frente. Hoy me di cuenta. Pero no eliminé el facebook ni prometí no crearme otra página. Porque, al fin y al cabo, no tiene nada de malo. Es cierto, las páginas de internet no tienen nada de malo. Si cada uno controla el tiempo que "vive" frente al monitor y no olvida otras cosas, no tienen nada de malo. Sólo que hoy descubrí "el libre juego de la oferta y la demanda".
Con la ideología capitalista, que queramos o no nos rige, todo se mide en función de lo que cuesta, no de lo que vale. Quizá estas páginas no valgan nada, pero tampoco cuestan nada. ¿Cuál hay? Recuerdo que este domingo 21, en el picnic de la primavera, acepté todo lo que regalaban (chicles y turrones que no me gustan) sólo porque eran gratis y a alguien le iban a servir. Porque cuando tenemos que pagar todo, corremos hacia los regalos. A veces los tiramos, pero los tiramos nosotros (y no otro) sabiendo que no le encontramos utilidad.
Y parece que siempre se puede volver atrás, que podemos tirar lo que nos regalan, cerrar la página que creamos. Pero el circuito de deseos y necesidades sigue funcionando.
MB
jueves, 25 de septiembre de 2008
jueves, 4 de septiembre de 2008
El almacén de las cosas perdidas
--
En la calle Pedernera había un almacén en el que se vendían objetos perdidos. Con el mayor apuro habrá que decir que únicamente podía comprarlos la persona que los había extraviado. Esta restricción, lejos de ser un estorbo para los comerciantes, constituía el secreto de su prosperidad. Una foto, una muñeca, una carta, una bolita o un dibujo infantil costaban pequeñas fortunas.
El poeta Jorge Allen visitó algunas veces el negocio buscando una vieja camiseta de fútbol. No tuvo suerte. Los dueños le informaron amablemente que ellos sólo vendían una pequeña parte de las cosas perdidas.
-En verdad, la mayoría de los objetos se pierden para siempre - confesaron.
-Es preferible que así sea - explicaba el cajero -. Un mundo en el que nada se perdiera sería un mundo sin amor y sin arte.
Ciertos maledicientes pensaban que el comercio no era sino un refugio de ladrones y reducidores, acusación que nunca fue comprobada.
Un día, los dueños vendieron el almacén a unas personas que juraban haberlo perdido. Ahora funciona allí una pizzería.
Alejandro Dolina, Crónicas del Ángel Gris
Una pequeña forma de mostrar admiración por quien estoy empezando a conocer.
En la calle Pedernera había un almacén en el que se vendían objetos perdidos. Con el mayor apuro habrá que decir que únicamente podía comprarlos la persona que los había extraviado. Esta restricción, lejos de ser un estorbo para los comerciantes, constituía el secreto de su prosperidad. Una foto, una muñeca, una carta, una bolita o un dibujo infantil costaban pequeñas fortunas.
El poeta Jorge Allen visitó algunas veces el negocio buscando una vieja camiseta de fútbol. No tuvo suerte. Los dueños le informaron amablemente que ellos sólo vendían una pequeña parte de las cosas perdidas.
-En verdad, la mayoría de los objetos se pierden para siempre - confesaron.
-Es preferible que así sea - explicaba el cajero -. Un mundo en el que nada se perdiera sería un mundo sin amor y sin arte.
Ciertos maledicientes pensaban que el comercio no era sino un refugio de ladrones y reducidores, acusación que nunca fue comprobada.
Un día, los dueños vendieron el almacén a unas personas que juraban haberlo perdido. Ahora funciona allí una pizzería.
Alejandro Dolina, Crónicas del Ángel Gris
Una pequeña forma de mostrar admiración por quien estoy empezando a conocer.
lunes, 11 de agosto de 2008
Casa de color
Atilio tenía veintitrés años. Caminaba por una vereda arbolada absorto en sus pensamientos. Al pasar por una casa deshabitada de mayólicas bordó escuchó una explosión proveniente del interior. “Todo hombre es inmortal hasta que se demuestre lo contrario” se dijo –para calmar la pequeña inquietud que se le había despertado-, sin abandonar la marcha. Llegó a la esquina y, por si había ocurrido un accidente, avisó al policía sobre el estruendo. Al darse vuelta para indicar la construcción, no la reconoció. Debía ser esa, pero ahora era azul, y ninguna otra casa cumplía las demás características (dos ventanas, una puerta de dos hojas, una maceta con petunias). Pese al cambio de color, el oficial le dijo:
-Le creo Sr. Hace tres días, yo estaba cuidando el tránsito acá y esa casa era verde. Una mujer oyó un ruido ensordecedor y a partir de entonces, lo que ahora usted ve azul, fue rojo.
8 de septiembre de 2006
4 de junio de 2008
.
Yo estaba durmiendo la siesta y escuché tres timbres cortos, la contraseña que siempre usó mi abuela para identificarse del otro lado de la puerta. Pero estaba muy cansada y no quise levantarme, esperé a que mi mamá atendiera. Se saludaron y yo me sorprendí ya que hacía mucho tiempo que la abuela no nos visitaba y el día era frío y húmedo, como para que ella pasara la tarde en su casa. Preguntó por mí. Mamá le dijo que yo estaba durmiendo arriba, que subiera a saludarme. Y escuché sus primeros pasos lentos en la escalera.
El timbre volvió a sonar y mamá atendió. El gasista le dijo que había insistido porque sabía que ella estaba durmiendo, para despertarla. Mamá le contó que ella tenía puesto el despertador pero no había sonado. Y ahí empezó a sonar y mamá subió a su cuarto para apagarlo.
Yo estaba durmiendo la siesta y escuché tres timbres cortos, la contraseña que siempre usó mi abuela para identificarse del otro lado de la puerta. Pero estaba muy cansada y no quise levantarme, esperé a que mi mamá atendiera. Se saludaron y yo me sorprendí ya que hacía mucho tiempo que la abuela no nos visitaba y el día era frío y húmedo, como para que ella pasara la tarde en su casa. Preguntó por mí. Mamá le dijo que yo estaba durmiendo arriba, que subiera a saludarme. Y escuché sus primeros pasos lentos en la escalera.
El timbre volvió a sonar y mamá atendió. El gasista le dijo que había insistido porque sabía que ella estaba durmiendo, para despertarla. Mamá le contó que ella tenía puesto el despertador pero no había sonado. Y ahí empezó a sonar y mamá subió a su cuarto para apagarlo.
jueves, 3 de abril de 2008
El cuentista
Brillo en atardecer
Las mañanas eran soleadas y tranquilas, y las noches eran estrelladas y suaves. Todos los pueblerinos llevaban una vida atípica y a la vez monótona. Resulta que Atardecer carecía de esas historias algo legendarias, que suelen pasarse de generación en generación para que los hombres que han vivido largos y numerosos años deslumbren a sus nietos con sus hazañas. Era una población sin problemas a la que los turistas admiraban pero que luego de transcurrir unos meses allí, caracterizaban como aburrida. Por el contrario, aquellos que salían en busca de acción y aventuras fueron espantados por pequeños inconvenientes cotidianos cuales monstruos al acecho. Hacía falta un poco de condimento en la vida de los atardecerinos, que un hombre curioso ayudó a conseguir. A un cuentista que recorría la zona le interesó tener su propia opinión sobre ese sitio que tenía críticas de lo más variadas. Sigismundo llegó un sábado luego del amanecer para observar cómo se desempeñaba la gente en sus días libres. Caminó un rato por las calles y pegó prolijamente los afiches de promoción a su espectáculo. De inmediato las dos mil ochocientos cuarenta y siete personas –que estaban perfectamente contadas- se enteraran de la gran noticia. El domingo, minutos antes de las cinco de la tarde, todos (y cuando digo todos, son, exactamente, todos) se reunieron en la plaza. No faltó nadie. Doña Adelina terminó la siesta antes de lo habitual; Don José emprendió la caminata con anticipación y sin premura para no perderse nada; los chicos ordenaron su cuarto con el fin de ganarse el permiso; Mónica se bañó, combinó cuidadosamente la ropa y se puso esa colonia que tanto le gustaba; Eduardo estrenó la camisa celeste claro… Los preparativos no fueron para nada despreciables.
El artista cruzó la plaza hacia el centro con un maletín negro y una caja de madera relativamente grande. Estaba muy elegante: limpio, bien peinado, con un traje azul marino de botones marfil, zapatos negros, camisa blanca y una corbata llamativa. La gente lo miró atenta y respetuosamente. Con cuidado él apoyó la caja en el suelo y se paró sobre ella. Se presentó como Sigismundo Mariani pero dijo que le gustaría que su nombre fuese Elmo Peretti. Les contó que su pasión era la literatura y que le encantaba la música, lastima que estaba masivamente en decadencia. Narró algunas travesuras de chico, como robar tres manzanas y un melón, e hizo referencia a sus preferencias: la salsa golf, las piletas profundas, los jazmines, el color verde, los jarrones de porcelana y los discos de vinilo. El público estaba sorprendido y maravillado ¡El cuentista tenía una vida maravillosa con todo tipo de experiencias! Si bien todos estaban ansiosos por escucha un cuento, las dos horas que Segismundo habló sobre él mismo fueron disfrutadas por grandes y chicos.
De repente nuestro personaje dijo:
-Estoy un poco cansado. Me voy a retirar. No estoy muy bien de salud, así que, si me disculpan, dejaré el espectáculo para otro momento que no puedo precisar ahora.
Los comentarios no tardaron en surgir. ¿Por qué se había ido? ¿Sería verdad que estaba enfermo o en realidad ese hombre era un fraude? ¿Sería grave? ¿Convenía llamarlo y visitarlo o dejarlo descansar? ¿Cuándo volverían a verlo? ¿Qué día les contaría el cuento? Todos estaban muy preocupados. Tantas dudas los sobrepasaban. Ninguno tenía la experiencia suficiente como para resolverlas y la ansiedad generada por este señor era un sentimiento nuevo. La gente discutía en las calles intentado adivinar qué ocurría. El médico de allí tenía miedo de no poder curar al visitante, ganar remordimiento y perder prestigio.
El martes a la mañana, bien temprano, Segismundo salió del hotel con paso apurado y se detuvo frente a una casa humilde de las afueras. Golpeó suavemente la puerta. Una mujer rubia de rostro bondadoso lo recibió sonriendo.
-¡Buenos días señor!-saludó atentamente-Pase, por favor. ¿Qué desea tomar?
Belén estaba sorprendida, muy alegre y se sentía privilegiada. Estuvieron juntos hasta la tarde conversando sobre la gente, los miedos, los deseos, las frustraciones, la reacción ante la cancelación del evento y mucho más. El encuentro fue de lo más gratificante para ambos –por lo que se prometieron otra charla-. Antes de despedirse, él le encargó que difundiera la noticia de que su salud había mejorado y el espectáculo sería el jueves al caer el sol.
Impacientes por oír el cuento que prometía ser de primer nivel, el fiel público se reencontró con Segismundo como estaba previsto y el cuentista contó el cuento. La historia superó ampliamente las expectativas de los atardecerinos y ganó eufóricos aplausos. Segismundo estaba dichoso: no sólo había gustado su arte, también había cambiado la vida de aquellas personas.
Esa noche cenó en lo de su nueva amiga intercambiando opiniones y riendo mucho. Al día siguiente conversó con varia gente en la calle y visitó a tanta otra llevando bajo la manga un desafío: hacer un proyecto a corto plazo. ¡Todos estaban fascinados! Cuánto hacía que no pasaba nada diferente. Y ahora, este hombres les contaba cuentos excelentes, les daba esperanza y los hacía sentir únicos. No era él, era la magia quien golpeaba a sus puertas.
El cuentista permaneció en Atardecer más de un mes. Recorrió todas las casas y habló, al menos, una hora con los dos mil ochocientas cuarenta y siete habitantes. Ni uno pudo decir que luego de ese verano su vida no había cambiado al menos en un aspecto. La comunidad entera agradeció ese regalo.
Segismundo volvió a la primavera siguiente. La ciudad no era la misma: se respiraba otro aire. Las personas dedicaban más tiempo a si mismas, a sus placeres. Varios de ellos habían comenzado a escribir. Todos tenían un sueño por el que trabajar. Entonces en cuentista les propuso algo nuevo: que cada uno pensara un cuento, una historia, una anécdota, un chiste, una canción, una poesía, una adivinanza o lo que prefirieran para compartir en la plaza cada domingo. Así lo hicieron. Verdaderamente se esforzaron para presentar algo agradable. El domingo se convirtió en un día especial. Y sus vidas también. Al ver concretado su proyecto, Segismundo siguió su camino.
Muchos, muchos años después, un hombre mayor, algo calvo y con bastón, fue al pueblo. Al crepúsculo del primer día de la semana se reunió con la gente y participó del espectáculo. Se presentó como el que alguna vez deseo ser Elmo Peretti y les contó esta historia. Otra vez fue muy ponderado. Cada uno era una persona nueva, pero nadie lo había olvidado. El cuentista estaba dentro de ellos.
Según se comenta, Segismundo permaneció allí el resto de sus días, ese era el lugar que le resultaba más especial. Les hizo un último pedido: no dejar escapar la magia.
12 de marzo de 2006
miércoles, 19 de marzo de 2008
Across the universe
Una tarde de lluvia incita a escribir o a amar, o a las dos cosas.
Hoy una lluvia de emociones cae sobre la ciudad. Los más arriesgados no abren el paraguas.
No puedo abrir el paraguas.
Mi canción favorita es Across the universe, y es mi buena compañía en este momento.
Es la tercera del disco Let it be de The Beatles. Dejarlo ser es no abrir el paraguas. Y con esta canción entre a mi fiesta de quince. Bajé de un Ford A azul con mi tío Eduardo y había un hombre filmándome. Mientras caminaba hacia la puerta, escuché los primeros acordes de la canción y supe que mi deseo se había cumplido. Al cruzar la puerta no escuché ningún sonido. Setenta personas me esperaban. El mundo se detuvo.
Hoy una lluvia de emociones cae sobre la ciudad. Los más arriesgados no abren el paraguas.
No puedo abrir el paraguas.
Mi canción favorita es Across the universe, y es mi buena compañía en este momento.
Es la tercera del disco Let it be de The Beatles. Dejarlo ser es no abrir el paraguas. Y con esta canción entre a mi fiesta de quince. Bajé de un Ford A azul con mi tío Eduardo y había un hombre filmándome. Mientras caminaba hacia la puerta, escuché los primeros acordes de la canción y supe que mi deseo se había cumplido. Al cruzar la puerta no escuché ningún sonido. Setenta personas me esperaban. El mundo se detuvo.
viernes, 7 de marzo de 2008
Cuento sin luna
Y estaba tan contenta al correr y correr sobre el pasto mojado que no se dio cuenta que sus pies se congelaban lentamente. Pero tropezó y cayó. Mientras levantábase, vio un árbol de corteza fuerte. Se acercó, lo observó unos instantes y se sentó a sus pies. Por el cobijo de su espesura crecían al ras del suelo flores de colores. Marina miró las estrellas y, por primera vez, reconoció a la Osa Mayor. De repente, sin explicación alguna, todo su entorno acogedor se desvaneció en su mente y ella se paró y corrió en línea recta como si escapara de alguien, de algo o hasta de ella misma. Se sentía aterrada, perseguida, invadida. Yo no podía entender su desesperación; y apostaría, ella tampoco.
Otra vez, sin motivo, se detuvo. Deambuló en círculo, lentamente, atenta a todo lo que pasaba a su alrededor: se buscaba. Y por fin susurró:
-¿Qué hago acá? Es tarde.
Y se fue, tranquila, imperturbable; como todas las mañanas cuando compra el pan, o al mirar vidrieras, o al ir a misa. Se fue; se perdió en la noche y ya no pude verla.
Otra vez, sin motivo, se detuvo. Deambuló en círculo, lentamente, atenta a todo lo que pasaba a su alrededor: se buscaba. Y por fin susurró:
-¿Qué hago acá? Es tarde.
Y se fue, tranquila, imperturbable; como todas las mañanas cuando compra el pan, o al mirar vidrieras, o al ir a misa. Se fue; se perdió en la noche y ya no pude verla.
martes, 22 de enero de 2008
Laboulage 35
José Kunznitzky ese día se levantó antes de las cinco. Ya tenía las valijas en el baúl de su Renault. Desayunó y salió de la ciudad. Todavía no había amanecido. Había mucha niebla; por suerte, la ruta no estaba muy transitada. La música lo acompañaba; cada treinta minutos, un flash informativo. En Junín, a las seis y media -cuando la noche empezaba a aclararse- tomó la ruta 7.
Después de Teodolina, escuchó la noticia de un accidente. José pensó: “Tuve suerte. Hace media hora que estuve ahí. Además, la atmósfera empieza a despejarse. Ahora el riesgo es menor.”
No descuidaba el volante, aunque estaba abstraído escuchando música. De repente, lo sorprendió un cartel indicador. Decía “Laboulaye 35”. Casi tres cuartos de hora antes había visto un cartel exactamente igual.
El cuentakilómetros había aumentado veintiocho números cuando tuvo que disminuir la velocidad porque gran cantidad de autos estaban estacionados en la banquita junto a bomberos, ambulancias y policías. “¡Qué extraño que haya ocurrido un segundo choque!”. Atravesó el gentío y observó por el espejo retrovisor que dos oficiales detenían a los demás vehículos. Tuvo la idea de volver para averiguar qué había ocurrido y si podía ayudar, pero quería llegar temprano a la casa de su hermano, en Córdoba.
“El accidente ocurrido esta mañana en la ruta 7 entre Laboulaye y Teodolina provocó la muerte del hombre que viajaba en el Renault Clio verde y de las dos mujeres que se encontraban en el Volkswagen Gol color gris”. Los datos de ambos accidentes coincidían. Tenían que ser dos, ya que José recibió la primera noticia luego de pasar por dicha zona y posteriormente, entre otro accidente. Recordó haber cruzado un Volkswagen Gol gris en una nube de polvo y niebla después de Teodolina. ¿Sería el mismo?
Se detuvo en una estación de servicio y le pidió al playero llenar el tanque de nafta.
-Son $11-le dijo el hombre al devolverle las llaves.
-¡No puede ser! Recorrí 250 kilómetros. Tendría que haber gastado más… ¿Usted sabe algo sobre los accidentes de hoy?
-Fue solo uno-respondió-Ya reconocieron a las víctimas; los tres llevaban los documentos. El hombre que viajaba para el lado de Córdoba tenía apellido judío. Lo recuerdo porque yo también soy judío. De las mujeres, no sé nada. Si usted viene de ahí, es raro que la policía no lo haya hecho esperar… Uno de los autos era igual al suyo.
José pagó y volvió a la ruta. Un tiempo después, leyó en un cartel “Laboulaye 35” y manejó entre los autos estacionados alrededor de un accidente.
06 de octubre de 2006
martes, 8 de enero de 2008
Yo los guiaré
Una mañana soleada y fría los abetos y los pinos amanecieron con la preocupación de saber de la existencia de muchos leñadores que lejos de usar la madera para sus necesidades de calefacción y muebles, la utilizaban para comercializarla. La noticia llegó rápidamente al centro de la espesura donde el consejo de sabios, centenarios y antiguos árboles comenzó el debate para saber qué debían hacer ante la amenaza. El presidente de la asamblea, Lluviusnos, tomó la palabra y luego de dar por comenzada la reunión dijo en una voz muy grave:
-Ya todos conocemos el problema que nos ocupa. Hasta ahora la situación había sido diferente. Los humanos, los animales y nosotros convivíamos respetuosamente. Los hombres hoy están al acecho esperando que seamos fuertes y tengamos un gran tronco para aprovecharnos.
-Disculpe, Sr. Presidente –lo interrumpió el abeto Alferrum- pero creo que en este momento los que más riesgo corren son los robles y los algarrobos. Nuestra madera no es la más codiciada.
Un viejo pino encorvado, en una voz suave y cansada, le explicó que ellos, tarde o temprano, también estarían en peligro. Otro pino, Feirs, opinó con tono decidido:
-No importa si somos nosotros o son nuestros hermanos, los inseguros; lo trascendental es buscar la solución adecuada.
-El recurso debe ser efectivo. Podríamos planear maleficios –consideró el abeto Gantillo, un árbol pasional y derecho- los animales deben ayudarnos. Los lobos no deben permitir que los humanos ingresen entre nosotros.
-Eso sería injusto –apreció Lluviusnos.- hay personas que necesitan pasar por aquí para llegar a su lugar de trabajo. Hay personas que requieren la leña para vivir.
-Hay niños que viene a jugar y nos hablan y nos alegran –se conmovió el viejo pino Tiermus.
Pero Gantillo no estaba de acuerdo y solo veía los daños provocados por los humanos.
-Muchos vienen y dejan basura contaminándonos –contradijo a sus colegas.
La discusión se prolongó por vario tiempo. Lo único posible era hacer del lugar arbolado una zona insegura para los hombres. Pero, cuántas víctimas tomarían los lobos; y cuántas serían inocentes.
La nieve caía lentamente sobre las plantas. Tiermus se sorprendió entonces al ver un copo de nieve más grande de lo normal. En un hilo de voz afirmó dulcemente y para sí mismo:
-La nieve es buena. Brilla con mil estrellas que son sus hijas. Se llaman hijas de la nieve.
De pronto ese copo de nieve mayor se transformó en un hada que fascinó al consejo. Era una figura que iluminaba su entorno. Sus ojos azules expresaban una gran serenidad y una gran paz interior. Miró con cariño a los árboles y sonrió apenada. Luego, en un tono apagado dijo suavemente:
-No me parece justa su resolución. De ese modo moriría gente que a ustedes no los lastima. ¿Pensaron en los niños que jamás volverían a sus casas y a las madres que eternamente los llorarían? ¿Se dieron cuenta de que muchos padres vendrían a buscar leña para sus hijos enfermos y no verían otro día? ¿Recapacitaron en que muchas mujeres se internarían en el bosque para encontrar frutas para cocinar o flores para adornar su vivienda y no regresarían? ¿Creen que es justo que se pierda tanta gente sólo porque algunos hombres piensan en destruir la naturaleza?
-Pero como usted misma lo dijo: los responsables son algunos hombres, no somos nosotros, que intentamos preservarnos. Ellos, no sólo nos dañan; además, dejan sin refugio a muchos animales –habló por primera vez el pino Impartis que no consideraba correcta ninguna de las dos posturas.
Las opiniones eran diversas. La junta no lograba acordar un plan firme. Cuando el sonido que emitían los arbustos se hizo más fuerte, el hada y Tiermus iniciaron una conversación. El pino se manifestaba como un abuelo que en sus largos años había alcanzado la sabiduría y la justicia. Creía que un mal no se arregla con otro mal. Expresó sus sentimientos. El hada lo entendió. Después de sonreír con ternura le aclaró:
-No importa lo que ustedes finalmente decidan. No importa lo que los animales hagan por su propia cuenta. Yo siempre voy a estar entre ustedes y voy a ayudar a los hombres que se pierdan en el bosque para que no encuentren aquí la muerte. Quédese tranquilo Tiermus, yo los guiaré hacia su hogar.
Y diciendo esto, se esfumó entre la nieve.
-Ya todos conocemos el problema que nos ocupa. Hasta ahora la situación había sido diferente. Los humanos, los animales y nosotros convivíamos respetuosamente. Los hombres hoy están al acecho esperando que seamos fuertes y tengamos un gran tronco para aprovecharnos.
-Disculpe, Sr. Presidente –lo interrumpió el abeto Alferrum- pero creo que en este momento los que más riesgo corren son los robles y los algarrobos. Nuestra madera no es la más codiciada.
Un viejo pino encorvado, en una voz suave y cansada, le explicó que ellos, tarde o temprano, también estarían en peligro. Otro pino, Feirs, opinó con tono decidido:
-No importa si somos nosotros o son nuestros hermanos, los inseguros; lo trascendental es buscar la solución adecuada.
-El recurso debe ser efectivo. Podríamos planear maleficios –consideró el abeto Gantillo, un árbol pasional y derecho- los animales deben ayudarnos. Los lobos no deben permitir que los humanos ingresen entre nosotros.
-Eso sería injusto –apreció Lluviusnos.- hay personas que necesitan pasar por aquí para llegar a su lugar de trabajo. Hay personas que requieren la leña para vivir.
-Hay niños que viene a jugar y nos hablan y nos alegran –se conmovió el viejo pino Tiermus.
Pero Gantillo no estaba de acuerdo y solo veía los daños provocados por los humanos.
-Muchos vienen y dejan basura contaminándonos –contradijo a sus colegas.
La discusión se prolongó por vario tiempo. Lo único posible era hacer del lugar arbolado una zona insegura para los hombres. Pero, cuántas víctimas tomarían los lobos; y cuántas serían inocentes.
La nieve caía lentamente sobre las plantas. Tiermus se sorprendió entonces al ver un copo de nieve más grande de lo normal. En un hilo de voz afirmó dulcemente y para sí mismo:
-La nieve es buena. Brilla con mil estrellas que son sus hijas. Se llaman hijas de la nieve.
De pronto ese copo de nieve mayor se transformó en un hada que fascinó al consejo. Era una figura que iluminaba su entorno. Sus ojos azules expresaban una gran serenidad y una gran paz interior. Miró con cariño a los árboles y sonrió apenada. Luego, en un tono apagado dijo suavemente:
-No me parece justa su resolución. De ese modo moriría gente que a ustedes no los lastima. ¿Pensaron en los niños que jamás volverían a sus casas y a las madres que eternamente los llorarían? ¿Se dieron cuenta de que muchos padres vendrían a buscar leña para sus hijos enfermos y no verían otro día? ¿Recapacitaron en que muchas mujeres se internarían en el bosque para encontrar frutas para cocinar o flores para adornar su vivienda y no regresarían? ¿Creen que es justo que se pierda tanta gente sólo porque algunos hombres piensan en destruir la naturaleza?
-Pero como usted misma lo dijo: los responsables son algunos hombres, no somos nosotros, que intentamos preservarnos. Ellos, no sólo nos dañan; además, dejan sin refugio a muchos animales –habló por primera vez el pino Impartis que no consideraba correcta ninguna de las dos posturas.
Las opiniones eran diversas. La junta no lograba acordar un plan firme. Cuando el sonido que emitían los arbustos se hizo más fuerte, el hada y Tiermus iniciaron una conversación. El pino se manifestaba como un abuelo que en sus largos años había alcanzado la sabiduría y la justicia. Creía que un mal no se arregla con otro mal. Expresó sus sentimientos. El hada lo entendió. Después de sonreír con ternura le aclaró:
-No importa lo que ustedes finalmente decidan. No importa lo que los animales hagan por su propia cuenta. Yo siempre voy a estar entre ustedes y voy a ayudar a los hombres que se pierdan en el bosque para que no encuentren aquí la muerte. Quédese tranquilo Tiermus, yo los guiaré hacia su hogar.
Y diciendo esto, se esfumó entre la nieve.
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