Justo el día anterior Samira de 11 le había dicho a Juana de 7 lloraba como una bebé. Y yo le dije que está bien llorar, que todos lloramos. Me preguntó si yo también lloro. Claramente.
Volviendo... Me puse a llorar. Eso no fue lo difícil. Todos lloramos. Hubieron dos cosas particulares.
Una es que tenía un solo pañuelo de papel. No voy a contar mucho sobre esa parte porque mi mamá seguramente me haga algún comentario como “eso estuvo algo grosero” y porque cuando llegué a casa y les conté, Juli y Mari pusieron unas caras terribles. Qué sé yo. Son mis mocos. No me pareció para tanto. Pero fue muy complejo llorar sin pañuelos.
Cuestión que en un momento me calmé un poco. Un poco porque el ciclo del llanto baja naturalmente después de unos minutos (ver Julio Cortázar, Instrucciones para llorar) y un poco porque necesitaba respirar y tampoco estaba para seguir ahondando en la escena.
Tenía frío, el pasto estaba algo húmedo. Me paré y empecé a caminar. Todavía me corrían algunas lágrimas en la cara.
En eso estaba, secándome una lágrima -y ahí viene la segunda particularidad-,cuando una chica que venía de frente me preguntó “¿Sabes qué hora es?”. Le dije “2 y veinte” pero lo que quise decirle con mi cara de indignación fue “¿No ves que estoy llorando? ¿Podemos darle la solemnidad que el momento merece?”

