Hoy encontré dos canciones que me cantó y tocó en la guitarra un chico en la plaza principal de Mendoza hace más de diez años. Cuando regresé del viaje, las busqué. Pero no las encontré.
La primera canción la escuché hace un tiempo y me gustó. Y ayer volví a buscarla con un recuerdo vago, de quién recuerda como en sueños algo que le gustó pero le cuesta definir con palabras.
La segunda estaba a continuación de la primera. De esa recordaba una frase que había guardado en mi memoria y buscado al volver a casa. Y las dos canciones juntas tuvieron sentido.
Y toda la situación regresó. Aunque ese viaje fue muy especial porque fui muy feliz esos días, de pronto esa noche en la plaza se hizo más nítida.
No recuerdo el nombre del chico. Nos habíamos conocido esa misma noche y yo era la "chica nueva", extranjera, en un grupo de amigos.
Hace diez años no sabía nada de zambas y de amores -menos que ahora-, y hoy pienso que estuvo muy bien.
lunes, 19 de septiembre de 2016
sábado, 17 de septiembre de 2016
Inocencia
En el primer año de la facultad me enamoré de un profesor.
Una amiga me había advertido que las clases de este viejito eran muy voladas y
no aportaban demasiado. Ella iba igual, por las dudas de que algún día dijera
algo interesante. Yo tenía una política: si las clases sirven, voy siempre; si
las clases no me suman, no voy nunca. Y con esa regla no fui a los teóricos de
economía. En el cierre de la materia dijeron que se dieron cuenta que los temas
nos resultaban difíciles, por eso en teórico y práctico daban los mismos temas.
Y yo pensé: “Menos mal que no vine”.
Pero a las clases de
este viejito iba bastante seguido. No sé por qué. Se llamaba Benjamín García
Holdago. Había nacido en España y de muy chico se había venido a la Argentina
con su familia, escapando del franquismo.
Una clase, nos estaba hablando del fascismo y contó que
Hitler en sus primeros años mandó a matar a veinticinco mil minusválidos. Yo
levanté la mano y pregunté cómo la gente no había hecho nada, cómo podía seguir
en el poder después de eso. Y él me dijo:
-Tu pregunta es muy importante porque significa que no
perdiste la inocencia.
Y nos contó que cuando él tenía cinco años, su prima
denunció que su hermana –que tenía diecisiete años- era líder de un grupo
republicano. Era mentira, pero esa traición parecía servirle para ascender en
la falange. Los franquistas fueron a detener a la hermana y no pudieron llevársela
porque estaba muy enferma de tuberculosis y no podía parar de escupir sangre.
Entonces dejaron a un oficial en la casa, para esperar que se recuperar un
poco. Y Benjamín controlaba al oficial con una pistolita de juguete. Finalmente se llevaron a la hermana. La mamá y él -colgado
de la pollera de la madre- movieron todo para que la soltaran. Y no contó mucho
más, pero creo que la soltaron, y que después de eso se vinieron a la
Argentina.
Y ahí entendí cómo funciona el totalitarismo generando
miedo, y cómo el miedo divide. Desde la calma uno puede pensar todo lo que no
haría, que no va a delatar, que no va a denunciar, pero llegado el momento, no
sabemos cómo vamos a actuar.
Empecé a ir a las clases de él, ya como un gusto personal.
No para aprender historia ni para que fuera más sencillo leer la bibliografía,
sino para entender más de la vida.
En otra clase contó que su hija estaba casada con un inglés.
Tenían un hijo que era parecido a Benjamín. Y dijo:
-Con eso me cobré las Malvinas.
Otro día, cuando terminó la clase, yo salía del aula y le
sonreí. No recuerdo qué me dijo pero nos quedamos charlando unas palabras. Me
preguntó si tenía novio y si tenía una foto. Yo le mostré una que tenía en la
billetera. Me dijo
-Tiene cara de bueno.
-Lo mismo dice mi abuela- respondí. Y él concluyó:
-Los abuelos sabemos de esas cosas.
martes, 6 de septiembre de 2016
Presencia
Hacía poco que vivíamos ahí y yo estaba descubriendo la casa. Era una
casa de paredes blancas, con muchas habitaciones y puertas. Sabía que
ahí había vivido Cortázar mientras escribía sobre fantasmas. Yo trababa
las ventanas, bajaba las persianas, cerraba con llave las puertas,
alejaba las llaves de las ventanas. Eran tantas puertas que temía
olvidarme de cerrrar alguna. Sentía una presencia. Miraba hacia fuera y
controlaba que las puertas tuvieran llave, que las ventanas estuvieran
trabadas, cruzaba los cerrojos. "Hay alguien adentro". "No, está todo
cerrado". Había alguien afuera, a quien observaba escondida. Luego,
había alguien adentro: una chica de pelo lacio. Seguramente había sido
narrada en un cuento, pero no me consolaba que tuvierámos un amigo en
común.
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