En el primer año de la facultad me enamoré de un profesor.
Una amiga me había advertido que las clases de este viejito eran muy voladas y
no aportaban demasiado. Ella iba igual, por las dudas de que algún día dijera
algo interesante. Yo tenía una política: si las clases sirven, voy siempre; si
las clases no me suman, no voy nunca. Y con esa regla no fui a los teóricos de
economía. En el cierre de la materia dijeron que se dieron cuenta que los temas
nos resultaban difíciles, por eso en teórico y práctico daban los mismos temas.
Y yo pensé: “Menos mal que no vine”.
Pero a las clases de
este viejito iba bastante seguido. No sé por qué. Se llamaba Benjamín García
Holdago. Había nacido en España y de muy chico se había venido a la Argentina
con su familia, escapando del franquismo.
Una clase, nos estaba hablando del fascismo y contó que
Hitler en sus primeros años mandó a matar a veinticinco mil minusválidos. Yo
levanté la mano y pregunté cómo la gente no había hecho nada, cómo podía seguir
en el poder después de eso. Y él me dijo:
-Tu pregunta es muy importante porque significa que no
perdiste la inocencia.
Y nos contó que cuando él tenía cinco años, su prima
denunció que su hermana –que tenía diecisiete años- era líder de un grupo
republicano. Era mentira, pero esa traición parecía servirle para ascender en
la falange. Los franquistas fueron a detener a la hermana y no pudieron llevársela
porque estaba muy enferma de tuberculosis y no podía parar de escupir sangre.
Entonces dejaron a un oficial en la casa, para esperar que se recuperar un
poco. Y Benjamín controlaba al oficial con una pistolita de juguete. Finalmente se llevaron a la hermana. La mamá y él -colgado
de la pollera de la madre- movieron todo para que la soltaran. Y no contó mucho
más, pero creo que la soltaron, y que después de eso se vinieron a la
Argentina.
Y ahí entendí cómo funciona el totalitarismo generando
miedo, y cómo el miedo divide. Desde la calma uno puede pensar todo lo que no
haría, que no va a delatar, que no va a denunciar, pero llegado el momento, no
sabemos cómo vamos a actuar.
Empecé a ir a las clases de él, ya como un gusto personal.
No para aprender historia ni para que fuera más sencillo leer la bibliografía,
sino para entender más de la vida.
En otra clase contó que su hija estaba casada con un inglés.
Tenían un hijo que era parecido a Benjamín. Y dijo:
-Con eso me cobré las Malvinas.
Otro día, cuando terminó la clase, yo salía del aula y le
sonreí. No recuerdo qué me dijo pero nos quedamos charlando unas palabras. Me
preguntó si tenía novio y si tenía una foto. Yo le mostré una que tenía en la
billetera. Me dijo
-Tiene cara de bueno.
-Lo mismo dice mi abuela- respondí. Y él concluyó:
-Los abuelos sabemos de esas cosas.

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