Hacía poco que vivíamos ahí y yo estaba descubriendo la casa. Era una
casa de paredes blancas, con muchas habitaciones y puertas. Sabía que
ahí había vivido Cortázar mientras escribía sobre fantasmas. Yo trababa
las ventanas, bajaba las persianas, cerraba con llave las puertas,
alejaba las llaves de las ventanas. Eran tantas puertas que temía
olvidarme de cerrrar alguna. Sentía una presencia. Miraba hacia fuera y
controlaba que las puertas tuvieran llave, que las ventanas estuvieran
trabadas, cruzaba los cerrojos. "Hay alguien adentro". "No, está todo
cerrado". Había alguien afuera, a quien observaba escondida. Luego,
había alguien adentro: una chica de pelo lacio. Seguramente había sido
narrada en un cuento, pero no me consolaba que tuvierámos un amigo en
común.
martes, 6 de septiembre de 2016
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