martes, 22 de enero de 2008

Laboulage 35



José Kunznitzky ese día se levantó antes de las cinco. Ya tenía las valijas en el baúl de su Renault. Desayunó y salió de la ciudad. Todavía no había amanecido. Había mucha niebla; por suerte, la ruta no estaba muy transitada. La música lo acompañaba; cada treinta minutos, un flash informativo. En Junín, a las seis y media -cuando la noche empezaba a aclararse- tomó la ruta 7.
Después de Teodolina, escuchó la noticia de un accidente. José pensó: “Tuve suerte. Hace media hora que estuve ahí. Además, la atmósfera empieza a despejarse. Ahora el riesgo es menor.”
No descuidaba el volante, aunque estaba abstraído escuchando música. De repente, lo sorprendió un cartel indicador. Decía “Laboulaye 35”. Casi tres cuartos de hora antes había visto un cartel exactamente igual.
El cuentakilómetros había aumentado veintiocho números cuando tuvo que disminuir la velocidad porque gran cantidad de autos estaban estacionados en la banquita junto a bomberos, ambulancias y policías. “¡Qué extraño que haya ocurrido un segundo choque!”. Atravesó el gentío y observó por el espejo retrovisor que dos oficiales detenían a los demás vehículos. Tuvo la idea de volver para averiguar qué había ocurrido y si podía ayudar, pero quería llegar temprano a la casa de su hermano, en Córdoba.
“El accidente ocurrido esta mañana en la ruta 7 entre Laboulaye y Teodolina provocó la muerte del hombre que viajaba en el Renault Clio verde y de las dos mujeres que se encontraban en el Volkswagen Gol color gris”. Los datos de ambos accidentes coincidían. Tenían que ser dos, ya que José recibió la primera noticia luego de pasar por dicha zona y posteriormente, entre otro accidente. Recordó haber cruzado un Volkswagen Gol gris en una nube de polvo y niebla después de Teodolina. ¿Sería el mismo?
Se detuvo en una estación de servicio y le pidió al playero llenar el tanque de nafta.
-Son $11-le dijo el hombre al devolverle las llaves.
-¡No puede ser! Recorrí 250 kilómetros. Tendría que haber gastado más… ¿Usted sabe algo sobre los accidentes de hoy?
-Fue solo uno-respondió-Ya reconocieron a las víctimas; los tres llevaban los documentos. El hombre que viajaba para el lado de Córdoba tenía apellido judío. Lo recuerdo porque yo también soy judío. De las mujeres, no sé nada. Si usted viene de ahí, es raro que la policía no lo haya hecho esperar… Uno de los autos era igual al suyo.
José pagó y volvió a la ruta. Un tiempo después, leyó en un cartel “Laboulaye 35” y manejó entre los autos estacionados alrededor de un accidente.



06 de octubre de 2006

martes, 8 de enero de 2008

Yo los guiaré


Una mañana soleada y fría los abetos y los pinos amanecieron con la preocupación de saber de la existencia de muchos leñadores que lejos de usar la madera para sus necesidades de calefacción y muebles, la utilizaban para comercializarla. La noticia llegó rápidamente al centro de la espesura donde el consejo de sabios, centenarios y antiguos árboles comenzó el debate para saber qué debían hacer ante la amenaza. El presidente de la asamblea, Lluviusnos, tomó la palabra y luego de dar por comenzada la reunión dijo en una voz muy grave:
-Ya todos conocemos el problema que nos ocupa. Hasta ahora la situación había sido diferente. Los humanos, los animales y nosotros convivíamos respetuosamente. Los hombres hoy están al acecho esperando que seamos fuertes y tengamos un gran tronco para aprovecharnos.
-Disculpe, Sr. Presidente –lo interrumpió el abeto Alferrum- pero creo que en este momento los que más riesgo corren son los robles y los algarrobos. Nuestra madera no es la más codiciada.
Un viejo pino encorvado, en una voz suave y cansada, le explicó que ellos, tarde o temprano, también estarían en peligro. Otro pino, Feirs, opinó con tono decidido:
-No importa si somos nosotros o son nuestros hermanos, los inseguros; lo trascendental es buscar la solución adecuada.
-El recurso debe ser efectivo. Podríamos planear maleficios –consideró el abeto Gantillo, un árbol pasional y derecho- los animales deben ayudarnos. Los lobos no deben permitir que los humanos ingresen entre nosotros.
-Eso sería injusto –apreció Lluviusnos.- hay personas que necesitan pasar por aquí para llegar a su lugar de trabajo. Hay personas que requieren la leña para vivir.
-Hay niños que viene a jugar y nos hablan y nos alegran –se conmovió el viejo pino Tiermus.
Pero Gantillo no estaba de acuerdo y solo veía los daños provocados por los humanos.
-Muchos vienen y dejan basura contaminándonos –contradijo a sus colegas.
La discusión se prolongó por vario tiempo. Lo único posible era hacer del lugar arbolado una zona insegura para los hombres. Pero, cuántas víctimas tomarían los lobos; y cuántas serían inocentes.
La nieve caía lentamente sobre las plantas. Tiermus se sorprendió entonces al ver un copo de nieve más grande de lo normal. En un hilo de voz afirmó dulcemente y para sí mismo:
-La nieve es buena. Brilla con mil estrellas que son sus hijas. Se llaman hijas de la nieve.
De pronto ese copo de nieve mayor se transformó en un hada que fascinó al consejo. Era una figura que iluminaba su entorno. Sus ojos azules expresaban una gran serenidad y una gran paz interior. Miró con cariño a los árboles y sonrió apenada. Luego, en un tono apagado dijo suavemente:
-No me parece justa su resolución. De ese modo moriría gente que a ustedes no los lastima. ¿Pensaron en los niños que jamás volverían a sus casas y a las madres que eternamente los llorarían? ¿Se dieron cuenta de que muchos padres vendrían a buscar leña para sus hijos enfermos y no verían otro día? ¿Recapacitaron en que muchas mujeres se internarían en el bosque para encontrar frutas para cocinar o flores para adornar su vivienda y no regresarían? ¿Creen que es justo que se pierda tanta gente sólo porque algunos hombres piensan en destruir la naturaleza?
-Pero como usted misma lo dijo: los responsables son algunos hombres, no somos nosotros, que intentamos preservarnos. Ellos, no sólo nos dañan; además, dejan sin refugio a muchos animales –habló por primera vez el pino Impartis que no consideraba correcta ninguna de las dos posturas.
Las opiniones eran diversas. La junta no lograba acordar un plan firme. Cuando el sonido que emitían los arbustos se hizo más fuerte, el hada y Tiermus iniciaron una conversación. El pino se manifestaba como un abuelo que en sus largos años había alcanzado la sabiduría y la justicia. Creía que un mal no se arregla con otro mal. Expresó sus sentimientos. El hada lo entendió. Después de sonreír con ternura le aclaró:
-No importa lo que ustedes finalmente decidan. No importa lo que los animales hagan por su propia cuenta. Yo siempre voy a estar entre ustedes y voy a ayudar a los hombres que se pierdan en el bosque para que no encuentren aquí la muerte. Quédese tranquilo Tiermus, yo los guiaré hacia su hogar.
Y diciendo esto, se esfumó entre la nieve.