lunes, 19 de septiembre de 2016

De zambas y de amores

Hoy encontré dos canciones que me cantó y tocó en la guitarra un chico en la plaza principal de Mendoza hace más de diez años. Cuando regresé del viaje, las busqué. Pero no las encontré.

La primera canción la escuché hace un tiempo y me gustó. Y ayer volví a buscarla con un recuerdo vago, de quién recuerda como en sueños algo que le gustó pero le cuesta definir con palabras.

La segunda estaba a continuación de la primera. De esa recordaba una frase que había guardado en mi memoria y buscado al volver a casa. Y las dos canciones juntas tuvieron sentido.

Y toda la situación regresó. Aunque ese viaje fue muy especial porque fui muy feliz esos días, de pronto esa noche en la plaza se hizo más nítida.

No recuerdo el nombre del chico. Nos habíamos conocido esa misma noche y yo era la "chica nueva", extranjera, en un grupo de amigos.

Hace diez años no sabía nada de zambas y de amores -menos que ahora-, y hoy pienso que estuvo muy bien.

sábado, 17 de septiembre de 2016

Inocencia


  En el primer año de la facultad me enamoré de un profesor. Una amiga me había advertido que las clases de este viejito eran muy voladas y no aportaban demasiado. Ella iba igual, por las dudas de que algún día dijera algo interesante. Yo tenía una política: si las clases sirven, voy siempre; si las clases no me suman, no voy nunca. Y con esa regla no fui a los teóricos de economía. En el cierre de la materia dijeron que se dieron cuenta que los temas nos resultaban difíciles, por eso en teórico y práctico daban los mismos temas. Y yo pensé: “Menos mal que no vine”.
  Pero a las clases de este viejito iba bastante seguido. No sé por qué. Se llamaba Benjamín García Holdago. Había nacido en España y de muy chico se había venido a la Argentina con su familia, escapando del franquismo.
  Una clase, nos estaba hablando del fascismo y contó que Hitler en sus primeros años mandó a matar a veinticinco mil minusválidos. Yo levanté la mano y pregunté cómo la gente no había hecho nada, cómo podía seguir en el poder después de eso. Y él me dijo:
  -Tu pregunta es muy importante porque significa que no perdiste la inocencia. 
  Y nos contó que cuando él tenía cinco años, su prima denunció que su hermana –que tenía diecisiete años- era líder de un grupo republicano. Era mentira, pero esa traición parecía servirle para ascender en la falange. Los franquistas fueron a detener a la hermana y no pudieron llevársela porque estaba muy enferma de tuberculosis y no podía parar de escupir sangre. Entonces dejaron a un oficial en la casa, para esperar que se recuperar un poco. Y Benjamín controlaba al oficial con una pistolita de juguete. Finalmente se llevaron a la hermana. La mamá y él -colgado de la pollera de la madre- movieron todo para que la soltaran. Y no contó mucho más, pero creo que la soltaron, y que después de eso se vinieron a la Argentina.
  Y ahí entendí cómo funciona el totalitarismo generando miedo, y cómo el miedo divide. Desde la calma uno puede pensar todo lo que no haría, que no va a delatar, que no va a denunciar, pero llegado el momento, no sabemos cómo vamos a actuar. 
  Empecé a ir a las clases de él, ya como un gusto personal. No para aprender historia ni para que fuera más sencillo leer la bibliografía, sino para entender más de la vida.
  En otra clase contó que su hija estaba casada con un inglés. Tenían un hijo que era parecido a Benjamín. Y dijo:
  -Con eso me cobré las Malvinas.
  Otro día, cuando terminó la clase, yo salía del aula y le sonreí. No recuerdo qué me dijo pero nos quedamos charlando unas palabras. Me preguntó si tenía novio y si tenía una foto. Yo le mostré una que tenía en la billetera. Me dijo
  -Tiene cara de bueno.
  -Lo mismo dice mi abuela- respondí. Y él concluyó:
  -Los abuelos sabemos de esas cosas.

martes, 6 de septiembre de 2016

Presencia

    
    Hacía poco que vivíamos ahí y yo estaba descubriendo la casa. Era una casa de paredes blancas, con muchas habitaciones y puertas. Sabía que ahí había vivido Cortázar mientras escribía sobre fantasmas. Yo trababa las ventanas, bajaba las persianas, cerraba con llave las puertas, alejaba las llaves de las ventanas. Eran tantas puertas que temía olvidarme de cerrrar alguna. Sentía una presencia. Miraba hacia fuera y controlaba que las puertas tuvieran llave, que las ventanas estuvieran trabadas, cruzaba los cerrojos. "Hay alguien adentro". "No, está todo cerrado". Había alguien afuera, a quien observaba escondida. Luego, había alguien adentro: una chica de pelo lacio. Seguramente había sido narrada en un cuento, pero no me consolaba que tuvierámos un amigo en común.