jueves, 19 de noviembre de 2015

Primeros pasos

Ahora que pasó algún tiempo quiero ordenar los fragmentos borrosos de la memoria. De los primeros días no tengo imágenes, sino simplemente algunos olores y ruidos que ya parecen muy lejanos. De ahí mi memoria salta a un mes después, a una serie de sensaciones de cuando todo cambió. Recuerdo que nos llevaron a un lugar desconocido. Luego, todo estaba oscuro. Luego, hacía frío. Luego, ruido de autos en una mañana de otoño. Éramos cuatro, cada una con su soledad. Luego, una voz, y luego esa voz conversaba con otra. Yo no entendía que decían.
Nos cargaron y nos llevaron a una casita. Estábamos cuidadas. Siempre había gente trabajando. Varias veces por día venían a vernos y nos traían comida. Cuánta hambre acumulada traiamos. El lugar era pequeño. A los poquitos días empezamos a recibir visitas. Vino una nena y  jugamos un rato. Éramos tres. Al día siguiente vinieron dos hermanitos. Yo no entendía qué decían, pero nos mimaron mucho. Éramos dos.  Pasaron unos días más y nos visitó una señora. Era yo sola.
Al sábado siguiente, al mediodía, vino una chica y su mamá. La mamá me acarició la cabeza. Cuánta emoción. Me llevaron a otro lugar. Había varias mujeres y hablaban y festejaban. Me saludaron y me dijeron “Qué suerte que no vas a pasar el fin de semana solita”. De ahí fuimos a otro lugar y a otro. Yo no entendía los ruidos, los movimientos, los lugares. Finalmente, llegamos –aunque yo no lo sabía. No paraban de hablarme, de mirarme, de tocarme. Me mojaron con agua calentita, pero no me gustó. Y me secaron. Yo tenía mucho, mucho sueño.

Y a de poco fui entendiendo que esta es mi casa. Aprendí lo que puedo hacer y lo que no, aunque a veces me olvido y lo hago igual. Jugamos, me miman, me cocinan, paseamos. Pasó un año. Unos días atrás Martina le dijo a Belén  “Tenía que ser ella. ¿Te acordás lo que nos costó encontrarla? Porque ahora está lleno de perritos que buscan hogar, pero cuando empezamos a buscar estaba solamente ella.”

9 de junio de 2015

sábado, 21 de marzo de 2015

Confianzas

    Ya hacía tiempo que la abuela no sabía qué día era, ni qué edad tenía, ni sabía bien dónde estaba o con quién. No podía ponerlo en palabras, pero lo sabía con un entendimiento más profundo: el de la confianza en el amor. No recordaba todos los nombres, pero nos trataba con la misma familiaridad de cuando sí recordaba los nombres y se perdía en un mar de ocho hijos, diecinueve nietos y cada vez más bisnietos. “Yadir. No, Merlín, no vos, Belén. No”, antes había sido “Jorge, no. Eduardo, Carlos, no. Héctor”, hasta que luego de nombrar una larga lista acertaba con el nombre de aquel al que quería llamar desde la cocina, mientras preparaba comida para varios, porque siempre llegaba alguien a las dos de la tarde y siempre había un plato preparado.

    Sin darse cuenta llegaron los 91 años. Todo un gran acontecimiento familiar. Pedimos ir a almorzar con ella al hogar y nos prepararon una mesa en el fondo, en un lugar más íntimo. La abuela almorzó con sus hijos y nietos. Risas, fotos, helado. Quizás no sabía demasiado el motivo del encuentro pero disfrutó, como siempre, del encuentro familiar. Y se fue a dormir la siesta.
    A la tarde salimos al patio a tomar mate y comer torta, y otra vez se encontró con hijos, nietos, bisnietos y amigos. Al principio éramos cinco y de a poco se fueron sumando más y más. Cada uno con sus historias, con la alegría por celebrar otro año de su vida y también por el encuentro entre nosotros. Había ruidos, voces, risas. Quizás era demasiado cambio en la rutina de la abuela. Lo disfrutaba, pero por momentos le costaba entender.

    Y llegó Zulemita, que la quiere muchísimo. Zulemita fue su alumna y recuerda sus enseñanzas. Fue su alumna en aquel momento en que las maestras eran la señora Chita, la señora Armonía, la señora Chino. Y a quienes se seguía tratado de usted toda la vida.

   Zulemita hablaba y hablaba, y nos poníamos al día. Mientras charlábamos la tomaba de la mano. Yo estaba del otro lado de la abuela y luego de unos minutos me preguntaba e insistía “¿Quién es esta chica?”. Y Zulemita se presentaba nuevamente y la justificaba “No me reconoce porque me cambié el corte de pelo”. Y cuando le hablaba, Zulemita la nombraba de usted, porque ella había sido su maestra. Y la abuela le contestaba también de usted, porque le resultaba una situación muy solemne y no recordaba que a quienes fueron sus alumnos ella tenía licencia para tratarlos de vos. Pero Zulemita quiso recordarle esa confianza y le dijo “Tráteme de ‘vos, Zulemita’” y la abuela, aún más desconcertada con la situación, le contestó “Pero yo no soy Zulemita”.