Ya hacía tiempo que la abuela no sabía qué día era, ni qué
edad tenía, ni sabía bien dónde estaba o con quién. No podía ponerlo en
palabras, pero lo sabía con un entendimiento más profundo: el de la confianza
en el amor. No recordaba todos los nombres, pero nos trataba con la misma
familiaridad de cuando sí recordaba los nombres y se perdía en un mar de ocho
hijos, diecinueve nietos y cada vez más bisnietos. “Yadir. No, Merlín, no vos,
Belén. No”, antes había sido “Jorge, no. Eduardo, Carlos, no. Héctor”, hasta
que luego de nombrar una larga lista acertaba con el nombre de aquel al que
quería llamar desde la cocina, mientras preparaba comida para varios, porque
siempre llegaba alguien a las dos de la tarde y siempre había un plato
preparado.
Sin darse cuenta llegaron los 91 años. Todo un gran
acontecimiento familiar. Pedimos ir a almorzar con ella al hogar y nos prepararon
una mesa en el fondo, en un lugar más íntimo. La abuela almorzó con sus hijos y
nietos. Risas, fotos, helado. Quizás no sabía demasiado el motivo del encuentro
pero disfrutó, como siempre, del encuentro familiar. Y se fue a dormir la
siesta.
A la tarde salimos al patio a tomar mate y comer torta, y
otra vez se encontró con hijos, nietos, bisnietos y amigos. Al principio éramos
cinco y de a poco se fueron sumando más y más. Cada uno con sus historias, con
la alegría por celebrar otro año de su vida y también por el encuentro entre
nosotros. Había ruidos, voces, risas. Quizás era demasiado cambio en la rutina de
la abuela. Lo disfrutaba, pero por momentos le costaba entender.
Y llegó Zulemita, que la quiere muchísimo. Zulemita fue su
alumna y recuerda sus enseñanzas. Fue su alumna en aquel momento en que las
maestras eran la señora Chita, la señora Armonía, la señora Chino. Y a quienes se
seguía tratado de usted toda la vida.
Zulemita hablaba y hablaba, y nos poníamos al día. Mientras
charlábamos la tomaba de la mano. Yo estaba del otro lado de la abuela y luego
de unos minutos me preguntaba e insistía “¿Quién es esta chica?”. Y Zulemita se
presentaba nuevamente y la justificaba “No me reconoce porque me cambié el
corte de pelo”. Y cuando le hablaba, Zulemita la nombraba de usted, porque ella
había sido su maestra. Y la abuela le contestaba también de usted, porque le
resultaba una situación muy solemne y no recordaba que a quienes fueron sus
alumnos ella tenía licencia para tratarlos de vos. Pero Zulemita quiso
recordarle esa confianza y le dijo “Tráteme de ‘vos, Zulemita’” y la abuela,
aún más desconcertada con la situación, le contestó “Pero yo no soy Zulemita”.


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