Una mañana soleada y fría los abetos y los pinos amanecieron con la preocupación de saber de la existencia de muchos leñadores que lejos de usar la madera para sus necesidades de calefacción y muebles, la utilizaban para comercializarla. La noticia llegó rápidamente al centro de la espesura donde el consejo de sabios, centenarios y antiguos árboles comenzó el debate para saber qué debían hacer ante la amenaza. El presidente de la asamblea, Lluviusnos, tomó la palabra y luego de dar por comenzada la reunión dijo en una voz muy grave:
-Ya todos conocemos el problema que nos ocupa. Hasta ahora la situación había sido diferente. Los humanos, los animales y nosotros convivíamos respetuosamente. Los hombres hoy están al acecho esperando que seamos fuertes y tengamos un gran tronco para aprovecharnos.
-Disculpe, Sr. Presidente –lo interrumpió el abeto Alferrum- pero creo que en este momento los que más riesgo corren son los robles y los algarrobos. Nuestra madera no es la más codiciada.
Un viejo pino encorvado, en una voz suave y cansada, le explicó que ellos, tarde o temprano, también estarían en peligro. Otro pino, Feirs, opinó con tono decidido:
-No importa si somos nosotros o son nuestros hermanos, los inseguros; lo trascendental es buscar la solución adecuada.
-El recurso debe ser efectivo. Podríamos planear maleficios –consideró el abeto Gantillo, un árbol pasional y derecho- los animales deben ayudarnos. Los lobos no deben permitir que los humanos ingresen entre nosotros.
-Eso sería injusto –apreció Lluviusnos.- hay personas que necesitan pasar por aquí para llegar a su lugar de trabajo. Hay personas que requieren la leña para vivir.
-Hay niños que viene a jugar y nos hablan y nos alegran –se conmovió el viejo pino Tiermus.
Pero Gantillo no estaba de acuerdo y solo veía los daños provocados por los humanos.
-Muchos vienen y dejan basura contaminándonos –contradijo a sus colegas.
La discusión se prolongó por vario tiempo. Lo único posible era hacer del lugar arbolado una zona insegura para los hombres. Pero, cuántas víctimas tomarían los lobos; y cuántas serían inocentes.
La nieve caía lentamente sobre las plantas. Tiermus se sorprendió entonces al ver un copo de nieve más grande de lo normal. En un hilo de voz afirmó dulcemente y para sí mismo:
-La nieve es buena. Brilla con mil estrellas que son sus hijas. Se llaman hijas de la nieve.
De pronto ese copo de nieve mayor se transformó en un hada que fascinó al consejo. Era una figura que iluminaba su entorno. Sus ojos azules expresaban una gran serenidad y una gran paz interior. Miró con cariño a los árboles y sonrió apenada. Luego, en un tono apagado dijo suavemente:
-No me parece justa su resolución. De ese modo moriría gente que a ustedes no los lastima. ¿Pensaron en los niños que jamás volverían a sus casas y a las madres que eternamente los llorarían? ¿Se dieron cuenta de que muchos padres vendrían a buscar leña para sus hijos enfermos y no verían otro día? ¿Recapacitaron en que muchas mujeres se internarían en el bosque para encontrar frutas para cocinar o flores para adornar su vivienda y no regresarían? ¿Creen que es justo que se pierda tanta gente sólo porque algunos hombres piensan en destruir la naturaleza?
-Pero como usted misma lo dijo: los responsables son algunos hombres, no somos nosotros, que intentamos preservarnos. Ellos, no sólo nos dañan; además, dejan sin refugio a muchos animales –habló por primera vez el pino Impartis que no consideraba correcta ninguna de las dos posturas.
Las opiniones eran diversas. La junta no lograba acordar un plan firme. Cuando el sonido que emitían los arbustos se hizo más fuerte, el hada y Tiermus iniciaron una conversación. El pino se manifestaba como un abuelo que en sus largos años había alcanzado la sabiduría y la justicia. Creía que un mal no se arregla con otro mal. Expresó sus sentimientos. El hada lo entendió. Después de sonreír con ternura le aclaró:
-No importa lo que ustedes finalmente decidan. No importa lo que los animales hagan por su propia cuenta. Yo siempre voy a estar entre ustedes y voy a ayudar a los hombres que se pierdan en el bosque para que no encuentren aquí la muerte. Quédese tranquilo Tiermus, yo los guiaré hacia su hogar.
Y diciendo esto, se esfumó entre la nieve.
-Ya todos conocemos el problema que nos ocupa. Hasta ahora la situación había sido diferente. Los humanos, los animales y nosotros convivíamos respetuosamente. Los hombres hoy están al acecho esperando que seamos fuertes y tengamos un gran tronco para aprovecharnos.
-Disculpe, Sr. Presidente –lo interrumpió el abeto Alferrum- pero creo que en este momento los que más riesgo corren son los robles y los algarrobos. Nuestra madera no es la más codiciada.
Un viejo pino encorvado, en una voz suave y cansada, le explicó que ellos, tarde o temprano, también estarían en peligro. Otro pino, Feirs, opinó con tono decidido:
-No importa si somos nosotros o son nuestros hermanos, los inseguros; lo trascendental es buscar la solución adecuada.
-El recurso debe ser efectivo. Podríamos planear maleficios –consideró el abeto Gantillo, un árbol pasional y derecho- los animales deben ayudarnos. Los lobos no deben permitir que los humanos ingresen entre nosotros.
-Eso sería injusto –apreció Lluviusnos.- hay personas que necesitan pasar por aquí para llegar a su lugar de trabajo. Hay personas que requieren la leña para vivir.
-Hay niños que viene a jugar y nos hablan y nos alegran –se conmovió el viejo pino Tiermus.
Pero Gantillo no estaba de acuerdo y solo veía los daños provocados por los humanos.
-Muchos vienen y dejan basura contaminándonos –contradijo a sus colegas.
La discusión se prolongó por vario tiempo. Lo único posible era hacer del lugar arbolado una zona insegura para los hombres. Pero, cuántas víctimas tomarían los lobos; y cuántas serían inocentes.
La nieve caía lentamente sobre las plantas. Tiermus se sorprendió entonces al ver un copo de nieve más grande de lo normal. En un hilo de voz afirmó dulcemente y para sí mismo:
-La nieve es buena. Brilla con mil estrellas que son sus hijas. Se llaman hijas de la nieve.
De pronto ese copo de nieve mayor se transformó en un hada que fascinó al consejo. Era una figura que iluminaba su entorno. Sus ojos azules expresaban una gran serenidad y una gran paz interior. Miró con cariño a los árboles y sonrió apenada. Luego, en un tono apagado dijo suavemente:
-No me parece justa su resolución. De ese modo moriría gente que a ustedes no los lastima. ¿Pensaron en los niños que jamás volverían a sus casas y a las madres que eternamente los llorarían? ¿Se dieron cuenta de que muchos padres vendrían a buscar leña para sus hijos enfermos y no verían otro día? ¿Recapacitaron en que muchas mujeres se internarían en el bosque para encontrar frutas para cocinar o flores para adornar su vivienda y no regresarían? ¿Creen que es justo que se pierda tanta gente sólo porque algunos hombres piensan en destruir la naturaleza?
-Pero como usted misma lo dijo: los responsables son algunos hombres, no somos nosotros, que intentamos preservarnos. Ellos, no sólo nos dañan; además, dejan sin refugio a muchos animales –habló por primera vez el pino Impartis que no consideraba correcta ninguna de las dos posturas.
Las opiniones eran diversas. La junta no lograba acordar un plan firme. Cuando el sonido que emitían los arbustos se hizo más fuerte, el hada y Tiermus iniciaron una conversación. El pino se manifestaba como un abuelo que en sus largos años había alcanzado la sabiduría y la justicia. Creía que un mal no se arregla con otro mal. Expresó sus sentimientos. El hada lo entendió. Después de sonreír con ternura le aclaró:
-No importa lo que ustedes finalmente decidan. No importa lo que los animales hagan por su propia cuenta. Yo siempre voy a estar entre ustedes y voy a ayudar a los hombres que se pierdan en el bosque para que no encuentren aquí la muerte. Quédese tranquilo Tiermus, yo los guiaré hacia su hogar.
Y diciendo esto, se esfumó entre la nieve.

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