En esta historia, los nombres no serán cambiados, porque ellos saben quiénes son y tendrán en humor suficiente para reír y no enojarse.
Eduardo le había dicho a su hija que la vida pasa tan rápido que por cada pestañeo, se suman diez años. Anto, que siempre creyó fielmente en la sabiduría de su padre, decidió cerrar los ojos sólo al cambiar de década. Al principio le resultaba difícil y para controlarse mejor permanecía inmóvil. Luego, sus párpados se endurecieron tanto que cerrarlos se convirtió en la complicación. Para sentir el paso del tiempo, cada diez cumpleaños, pestañeaba. Y cuando se aburría de vivir una determinada edad, cerraba un poquito un ojo y el almanaque iba perdiendo hojas. Así lo miraba ella dentro de su mente. Al bajar los párpados un calendario de fondo azul que tenía en letras doradas el nombre de su padre con la palabra “¡Cuidado!”, le mostraba el término de cada mes hasta que Anto abría los ojos y su reloj era igual al del resto de la humanidad.
Para conocidos y desconocidos, Anto era una chica extraña. En la calle se la veía caminar con los ojos bien abiertos; en la escuela parecía prestar mucha atención en todas las horas. Sus amigos habían notado que cuando ella se aburría, desaparecía. Tiempo después, de sorpresa, la encontraban en una fiesta o en una reunión divertida riendo o haciendo alguna payasada.
Nadie conocía el secreto. Anto una vez preguntó si otra gente también veía el almanaque deshojándose al pestañear, pero no encontró una sola persona como ella.
Un día que estaba muy desesperada porque no poder cerrar los ojos ni para dormir le demandaba mucha energía, fue a visitar a una bruja. Brujas hay muchas: buenas, malas, de magia blanca, negra, violeta o verde, con granos y verrugas o con cirugías; pero la que Anto eligió era buena y había asistido a la Academia Nacional de Magia Blanca y Celeste. Antes de confiarle su situación, Anto le pidió leer el certificado de estudios. Tranquila y contenta, Anto le dijo a la bruja:
-¡Yo también soy de Racing!
Anto le contó de su padre y de los problemas que le ocasionaba pestañear. La bruja hizo un hechizo y… “listo el pollo”. Esa noche cenaron juntas.
Anto salió de la casa de la bruja tan feliz que empezó a abrir cerrar los ojos con una velocidad admirable. Eso también sorprendió a todo el que la cruzaba. Su mamá, preocupada, le dijo:
-Anto, me parece que tenés un tic. ¿No será mejor que vayas al psicólogo para solucionarlo?
6 de septiembre de 2006
viernes, 5 de diciembre de 2008
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