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En la calle Pedernera había un almacén en el que se vendían objetos perdidos. Con el mayor apuro habrá que decir que únicamente podía comprarlos la persona que los había extraviado. Esta restricción, lejos de ser un estorbo para los comerciantes, constituía el secreto de su prosperidad. Una foto, una muñeca, una carta, una bolita o un dibujo infantil costaban pequeñas fortunas.
El poeta Jorge Allen visitó algunas veces el negocio buscando una vieja camiseta de fútbol. No tuvo suerte. Los dueños le informaron amablemente que ellos sólo vendían una pequeña parte de las cosas perdidas.
-En verdad, la mayoría de los objetos se pierden para siempre - confesaron.
-Es preferible que así sea - explicaba el cajero -. Un mundo en el que nada se perdiera sería un mundo sin amor y sin arte.
Ciertos maledicientes pensaban que el comercio no era sino un refugio de ladrones y reducidores, acusación que nunca fue comprobada.
Un día, los dueños vendieron el almacén a unas personas que juraban haberlo perdido. Ahora funciona allí una pizzería.
Alejandro Dolina, Crónicas del Ángel Gris
Una pequeña forma de mostrar admiración por quien estoy empezando a conocer.
jueves, 4 de septiembre de 2008
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