Y estaba tan contenta al correr y correr sobre el pasto mojado que no se dio cuenta que sus pies se congelaban lentamente. Pero tropezó y cayó. Mientras levantábase, vio un árbol de corteza fuerte. Se acercó, lo observó unos instantes y se sentó a sus pies. Por el cobijo de su espesura crecían al ras del suelo flores de colores. Marina miró las estrellas y, por primera vez, reconoció a la Osa Mayor. De repente, sin explicación alguna, todo su entorno acogedor se desvaneció en su mente y ella se paró y corrió en línea recta como si escapara de alguien, de algo o hasta de ella misma. Se sentía aterrada, perseguida, invadida. Yo no podía entender su desesperación; y apostaría, ella tampoco.
Otra vez, sin motivo, se detuvo. Deambuló en círculo, lentamente, atenta a todo lo que pasaba a su alrededor: se buscaba. Y por fin susurró:
-¿Qué hago acá? Es tarde.
Y se fue, tranquila, imperturbable; como todas las mañanas cuando compra el pan, o al mirar vidrieras, o al ir a misa. Se fue; se perdió en la noche y ya no pude verla.
viernes, 7 de marzo de 2008
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