Había
dormido mal toda la noche. Me despertaba, pensaba cosas feas. Cuando me
desperté le dije a Fran que había soñado algo feo. No sabía qué, pero tenía esa
sensación fea. ¡Y me acordé!
Había
soñado que me estaba por morir. En el sueño yo había comido una tapita de
gaseosa. Sabía que no debía comerla pero no sé porque lo hice. Y el médico le había
dicho a mamá que a la noche me iba a morir.
Yo
pasaba el último rato de mi vida en la habitación que creo que en el sueño era
la habitación de mi casa, pero en realidad es del departamento de Fran, donde
yo estaba durmiendo. Y en algún momento también iba al baño.
Desde
la ventana del cuarto, que no sé donde estaba, pero era un segundo piso y daba
a la calle –eso no es del departamento de Fran- veía una coche negro que
estacionaba en la puerta de casa y me esperaba. Era la carroza. No era largo,
pero yo sabía que entraba bien ahí.
También
creo que había medios de comunicación en la puerta de casa. Esperando…
Todos
sabían que yo me iba a morir.
Nunca
vi al médico que hizo el diagnóstico. Parece que era irremediable, no se podría
hacer nada.
A mí
me costaba un poco creer mi muerte. No entendía qué era lo tan grave de haber
comido una tapita de gaseosa. Quizás por eso el sueño no era demasiado trágico.
Pero en un momento, que debo haber tenido una noción más clara de la fatalidad próxima,
me angustié. Le pedí perdón a mi mamá por haber comido la tapita. Y creo que le
di planchuela de telgopor con algo, supongo que algún dibujo, algún recuerdo.
Una
amiga había ido a visitarme. Tengo la imagen de estar acostada y que Agustina
estuviera sentada a los pies de la cama. No sé de qué charlábamos.
Después,
cuando eran cerca de las nueve de la noche me agarró dolor de panza. No sabía
si era que la tapita estaba haciendo efecto o tenía hambre.
Ya
quedaba poco tiempo… Mamá en algún momento decía algo como que no creía
demasiado en que me fuera a morir, pero sólo quedaba esperar.
Y
no sé más. Supongo que no morí.

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