En la quietud de la noche se escuchó
un ruido. Y se prendió una luz. Creía que caía por un túnel angosto y
aterrador, pero despertó en su cama, traspirado. No podía alejar el miedo
experimentado de su mente. Y fue entonces que la quietud de la noche ayudó a
tranquilizarlo. Se levantó, titubeante. Bajó las escaleras y se sentó en un
sillón. Desde ahí podía observar claramente el living comedor oscuro, inmóvil,
silencioso. Otra vez vivía el frío, la inseguridad, la inestabilidad. De
inmediato se reconoció sentado en su casa. Los golpes a la puerta lo llevaron a
la realidad. Atender a esa persona significaba para él estar despierto, alejado
de esa pesadilla que lo atormentaba cada vez que entrecerraba sus ojos. Sólo
que en el umbral lo esperaba el hombre de sobretodo negro de cuero que minutos
antes –mientras él estaba físicamente acostado en su dormitorio- lo había
perseguido por esas calles interminables. Por correr desesperado sin pensar
dónde pisaba, estando únicamente atento a escapar, había tropezado y entrado en
el túnel angosto y aterrador. Al ver a su persecutor, se mantuvo rígido,
expectante. De algún modo sabía que no podía escabullirse más, que aunque
quisiera esconderse sería descubierto. Fue entonces que el hombre le dijo
“Buenas noches” y le extendió una factura de la luz. “La dejaron en mi
departamento por error. Adiós”.
miércoles, 15 de agosto de 2012
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