Brillo en atardecer
Las mañanas eran soleadas y tranquilas, y las noches eran estrelladas y suaves. Todos los pueblerinos llevaban una vida atípica y a la vez monótona. Resulta que Atardecer carecía de esas historias algo legendarias, que suelen pasarse de generación en generación para que los hombres que han vivido largos y numerosos años deslumbren a sus nietos con sus hazañas. Era una población sin problemas a la que los turistas admiraban pero que luego de transcurrir unos meses allí, caracterizaban como aburrida. Por el contrario, aquellos que salían en busca de acción y aventuras fueron espantados por pequeños inconvenientes cotidianos cuales monstruos al acecho. Hacía falta un poco de condimento en la vida de los atardecerinos, que un hombre curioso ayudó a conseguir. A un cuentista que recorría la zona le interesó tener su propia opinión sobre ese sitio que tenía críticas de lo más variadas. Sigismundo llegó un sábado luego del amanecer para observar cómo se desempeñaba la gente en sus días libres. Caminó un rato por las calles y pegó prolijamente los afiches de promoción a su espectáculo. De inmediato las dos mil ochocientos cuarenta y siete personas –que estaban perfectamente contadas- se enteraran de la gran noticia. El domingo, minutos antes de las cinco de la tarde, todos (y cuando digo todos, son, exactamente, todos) se reunieron en la plaza. No faltó nadie. Doña Adelina terminó la siesta antes de lo habitual; Don José emprendió la caminata con anticipación y sin premura para no perderse nada; los chicos ordenaron su cuarto con el fin de ganarse el permiso; Mónica se bañó, combinó cuidadosamente la ropa y se puso esa colonia que tanto le gustaba; Eduardo estrenó la camisa celeste claro… Los preparativos no fueron para nada despreciables.
El artista cruzó la plaza hacia el centro con un maletín negro y una caja de madera relativamente grande. Estaba muy elegante: limpio, bien peinado, con un traje azul marino de botones marfil, zapatos negros, camisa blanca y una corbata llamativa. La gente lo miró atenta y respetuosamente. Con cuidado él apoyó la caja en el suelo y se paró sobre ella. Se presentó como Sigismundo Mariani pero dijo que le gustaría que su nombre fuese Elmo Peretti. Les contó que su pasión era la literatura y que le encantaba la música, lastima que estaba masivamente en decadencia. Narró algunas travesuras de chico, como robar tres manzanas y un melón, e hizo referencia a sus preferencias: la salsa golf, las piletas profundas, los jazmines, el color verde, los jarrones de porcelana y los discos de vinilo. El público estaba sorprendido y maravillado ¡El cuentista tenía una vida maravillosa con todo tipo de experiencias! Si bien todos estaban ansiosos por escucha un cuento, las dos horas que Segismundo habló sobre él mismo fueron disfrutadas por grandes y chicos.
De repente nuestro personaje dijo:
-Estoy un poco cansado. Me voy a retirar. No estoy muy bien de salud, así que, si me disculpan, dejaré el espectáculo para otro momento que no puedo precisar ahora.
Los comentarios no tardaron en surgir. ¿Por qué se había ido? ¿Sería verdad que estaba enfermo o en realidad ese hombre era un fraude? ¿Sería grave? ¿Convenía llamarlo y visitarlo o dejarlo descansar? ¿Cuándo volverían a verlo? ¿Qué día les contaría el cuento? Todos estaban muy preocupados. Tantas dudas los sobrepasaban. Ninguno tenía la experiencia suficiente como para resolverlas y la ansiedad generada por este señor era un sentimiento nuevo. La gente discutía en las calles intentado adivinar qué ocurría. El médico de allí tenía miedo de no poder curar al visitante, ganar remordimiento y perder prestigio.
El martes a la mañana, bien temprano, Segismundo salió del hotel con paso apurado y se detuvo frente a una casa humilde de las afueras. Golpeó suavemente la puerta. Una mujer rubia de rostro bondadoso lo recibió sonriendo.
-¡Buenos días señor!-saludó atentamente-Pase, por favor. ¿Qué desea tomar?
Belén estaba sorprendida, muy alegre y se sentía privilegiada. Estuvieron juntos hasta la tarde conversando sobre la gente, los miedos, los deseos, las frustraciones, la reacción ante la cancelación del evento y mucho más. El encuentro fue de lo más gratificante para ambos –por lo que se prometieron otra charla-. Antes de despedirse, él le encargó que difundiera la noticia de que su salud había mejorado y el espectáculo sería el jueves al caer el sol.
Impacientes por oír el cuento que prometía ser de primer nivel, el fiel público se reencontró con Segismundo como estaba previsto y el cuentista contó el cuento. La historia superó ampliamente las expectativas de los atardecerinos y ganó eufóricos aplausos. Segismundo estaba dichoso: no sólo había gustado su arte, también había cambiado la vida de aquellas personas.
Esa noche cenó en lo de su nueva amiga intercambiando opiniones y riendo mucho. Al día siguiente conversó con varia gente en la calle y visitó a tanta otra llevando bajo la manga un desafío: hacer un proyecto a corto plazo. ¡Todos estaban fascinados! Cuánto hacía que no pasaba nada diferente. Y ahora, este hombres les contaba cuentos excelentes, les daba esperanza y los hacía sentir únicos. No era él, era la magia quien golpeaba a sus puertas.
El cuentista permaneció en Atardecer más de un mes. Recorrió todas las casas y habló, al menos, una hora con los dos mil ochocientas cuarenta y siete habitantes. Ni uno pudo decir que luego de ese verano su vida no había cambiado al menos en un aspecto. La comunidad entera agradeció ese regalo.
Segismundo volvió a la primavera siguiente. La ciudad no era la misma: se respiraba otro aire. Las personas dedicaban más tiempo a si mismas, a sus placeres. Varios de ellos habían comenzado a escribir. Todos tenían un sueño por el que trabajar. Entonces en cuentista les propuso algo nuevo: que cada uno pensara un cuento, una historia, una anécdota, un chiste, una canción, una poesía, una adivinanza o lo que prefirieran para compartir en la plaza cada domingo. Así lo hicieron. Verdaderamente se esforzaron para presentar algo agradable. El domingo se convirtió en un día especial. Y sus vidas también. Al ver concretado su proyecto, Segismundo siguió su camino.
Muchos, muchos años después, un hombre mayor, algo calvo y con bastón, fue al pueblo. Al crepúsculo del primer día de la semana se reunió con la gente y participó del espectáculo. Se presentó como el que alguna vez deseo ser Elmo Peretti y les contó esta historia. Otra vez fue muy ponderado. Cada uno era una persona nueva, pero nadie lo había olvidado. El cuentista estaba dentro de ellos.
Según se comenta, Segismundo permaneció allí el resto de sus días, ese era el lugar que le resultaba más especial. Les hizo un último pedido: no dejar escapar la magia.
12 de marzo de 2006

1 comentario:
Hola!
¿Còmo estas?
Escribís muy lindo. Te felicito!!!
Soy un ya viejo admirador de tus cuentos. Vengo con frecuencia a tu blog a leer, sobre todo cuando necesito desconectarme de la realidad.
A veces me dejo maravillar por la calidez de tus escritos y otras veces hago grandes esfuerzos por interpretar todo lo que estas transmitiendo e incluso suele ocurrirme que intento descubrir cosas entre lineas.
La razòn por la que no te escribí antes es porque no podia terminar de decidir cual era el que màs me gustaba, gran parte del 2009 los firmes candidatos fueron: "Conversaciòn" y "juego". "Laboulage 35" lo descarté enseguida porque me pareció muy similar a la pelicula "sexto sentido", luego supe que no la habias visto y el cuento sumó muchos puntos en mi ranking personal.
Hoy de casualidad, como no me podia dormir, decidí regalarme uno de tus cuentos y encontrè este que nunca antes había leido, la historìa me fue atrapando: en tres frases sentì una gran emociòn: "¡El cuentista tenía una vida maravillosa con todo tipo de experiencias!"; "La comunidad entera agradeció ese regalo." y "no dejar escapar la magia." La calidez, la sencillez y la dulzura de la hisotiria que contas me permitieron decir rapidamente: "este es el que màs me gusta" porque creo que conjuga lo lindo de tu narración con la misiòn del personaje de tu cuento de una forma que logró generarme una gran alegria hacia el final del cuento. GRACIAS!!!!
Por cierto, hace bastante que no actualizas tu blog, deberìas volver a escribir cuentos. Hace falta "un poco de magia entre tanta ciencia."
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